sábado, 10 de octubre de 2009

Hubert Aquin, el agente doble

Hubert Aquin vivió intensamente su vida, a la que insertó el sentido dramático que posteriormente plasmaría en su obra. Nacido en Montreal en 1929, en el seno de una familia modesta, Aquin vio siempre en su padre a un colonizado, que además trabajaba como esclavo, partiendo cada día desde muy temprano para regresar a casa en la noche. "En esa época, su padre jugaba golf los fines de semana con los patrones y los grandes clientes. Y como los anglófonos controlaban los negocios, Jean Aquin se llamaba John Aquin... Eso era una humillación". Es muy probable que la voluntad de independencia de Quebec, que Aquin promovía, haya sido desencadenada por esa percepción del padre colonizado. Después de todo, la generación que se rebeló lo hizo porque vio a sus padres y a sus abuelos sumisos, resignados y valorándose a sí mismos sólo al asimilar a su dominador.

Aquin estudió filosofía en la Universidad de Montreal y continuó sus estudios en París, donde obtuvo un doctorado en estética en 1954. A su regreso a Montreal, se convirtió en realizador y animador de TV para Radio Canada y, a partir de 1959, para el Office National du Film. Esos proyectos le permitieron viajar: en noviembre de 1961 visitó Dakar, el Reino de Dahomey y Abidján (lugares mencionados en su novela Trou de mémoire) y se trasladó a Francia el 11 de junio de 1962, donde consiguió entrevistas con Albert Memmi, autor de uno de los textos teóricos más importantes sobre el movimiento de descolonización (Portrait du colonisé), y con Olympe Bhêly-Quénum, escritor de Dahomey, cuyo nombre le servirá posteriormente de inspiración para el del personaje africano de su novela Trou de mémoire.

La década de los sesenta empieza para Aquin con el inicio de su carrera política. Mientras trabajaba en la Bolsa de Montreal empezó a militar en el RIN, llegando a ser en 1963 su vicepresidente. Paralelamente, lo nombran en 1961 director de la revista Liberté, la cual padece por ello una creciente politización, al grado que en noviembre de ese año Aquin anuncia en un editorial: "La revista Liberté puede considerarse como una agresión". Sus principales blancos son los sistemas religioso, político y educativo de Quebec.

Como muchos otros jóvenes nacionalistas de la época, Aquin también fue seducido por el terrorismo. En junio de 1964 publicó en Le Devoir un "llamado a las armas" revolucionario, anunciando su decisión de entrar en clandestinidad como agente de la "Organización especial". Esta acción clandestina desembocó, el 5 de julio de 1964, en su arresto mientras conducía un automóvil robado. Sin embargo, no se le consideró como a un criminal ordinario y se le impuso un tratamiento psiquiátrico mientras esperaba el juicio que concluiría con su absolución en 1965. Del 15 de julio al 22 de septiembre de 1964, Aquin estuvo interno en el instituto psiquiátrico Albert Prévost, en Montreal, donde escribió Prochain épisode.

Los años que siguieron vieron a un Aquin cada vez más incapaz de adaptarse a las estructuras político sociales. En mayo de 1966 se exilió en Suiza con su compañera Andrée Yanacopoulo. El proyecto de exilio estuvo motivado por la decisión de separarse legalmente de su mujer y por la necesidad de retomar su escritura sin las trabas de los efectos que había tenido el juicio en él. Después de todo, su exilio no es casual: él creía que la clave del éxito de su pueblo se encontraba precisamente fuera de éste. Sin embargo, a los pocos meses fue expulsado del país, aparentemente a causa de las presiones que ejerció la Gendarmería Real de Canadá al gobierno suizo.

A su regreso a Montreal, sus actividades con el RIN prosiguieron hasta 1968, año en que rompió lazos con éste debido a la unión del movimiento con el Mouvement souveraineté-association de René Lévesque, unión que parió al Partido Quebequés y que sería vista por Aquin como "una forma de suicidio colectivo: la muerte a largo plazo de la idea de independencia en Quebec". Entonces obtiene un puesto de enseñanza en el Collège Sainte-Marie y se convierte en profesor de tiempo completo en marzo de 1968. En 1976, después de ser director literario de Éditions La Presse, renunció estrepitosamente acusando a su director de ser un agente colonizador de Quebec.

Hubert Aquin era, por decirlo así, de temperamento suicida. Era un hombre que se levantaba cada mañana con el sentimiento de que debía renovar su contrato con la vida. Según cuenta Andrée Yanacopoulo, "un día, cuando era niño, al regresar de la escuela, no encontró a su madre para recibirlo como de costumbre. La buscó por toda la casa y nada. Y bien, lo primero que pensó fue que su madre se había suicidado –¡una explicación poco trivial para un niño!".

A lo largo de su vida hubo varios intentos de suicido, entre los más evidentes está un accidente automovilístico del que salió con una fractura de cadera. El automóvil era para él un instrumento perfecto para provocar a la muerte. Así, quien no buscó en la vida otra cosa sino morir, Hubert Aquin se quitó la vida el 15 de marzo de 1977, dejando una nota en la que afirmaba "haber vivido intensamente y que ahora todo está terminado".

No te pierdas la próxima entrega: Cierta dificultad de ser

Referencias

Barbance, Maryse (1998). "Hubert Aquin, une fulguration entre deux néants". Entrevue avec Andrée Yanacopoulo, en Nuit Blanche, no 70.

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lunes, 5 de octubre de 2009

Especial sobre Hubert Aquin

Para E.R., que me motivó a desempolvar este texto

A partir de hoy publicaré una serie de entradas dedicadas al escritor quebequés Hubert Aquin. Las entradas que constituyen esta serie están extraídas y adaptadas de mi tesina de traducción literaria que presenté en el verano de 2002. En esta tesina, además de introducir al autor, su pensamiento y su obra, presenté el proyecto de traducción al español de los primeros tres capítulos de su novela “Prochain épisode”, hasta ahora inédita en nuestra lengua.

Si no se hubiese quitado la vida en 1977, Aquin cumpliría 80 años este mes de octubre. Creo que es una buena excusa para rendirle un homenaje en Tripodología Felina.

Una literatura en busca de sí misma


Al mismo tiempo que en los años sesenta se dio una transformación de la sociedad quebequesa, aparecieron muchas novelas en las que la forma tradicional del relato sufrió mutaciones. Si la sociedad quebequesa cambió, lo que quizá se transformó mucho más profundamente fue la percepción que el canadiense francés tenía de sí mismo en su literatura: la conciencia que en ella expresaba sobre su situación colectiva, sobre su realidad o sobre la imagen que proyectaba. De ahí que toda esta transformación haya ido de la mano con la incesante búsqueda de una identidad nacional y de un destino colectivo en Quebec.

Hasta antes de esa época, hablar de una literatura quebequesa como tal habría sido mucho pedir, pues, como lo señala Jacques Allard, "la historia de esta literatura demuestra que tuvo, y aún tiene, una triple figura. Primero fue francesa, luego se quiso canadiense, para finalmente pretenderse quebequesa". Esta triple figura ha sido, después de todo, testigo de su compleja relación con el mundo, con la lengua y con la historia.

De entrada, la colectividad quebequesa y su expresión son producto del Renacimiento francés, de su curiosidad y de su audacia, de su lenguaje y de sus sueños. No de balde la primera narración francesa de América fundó la literatura quebequesa y el conjunto de textos que se produjeron en la Nueva Francia, entre 1534 y 1763, tienen un importante papel histórico de fundación y de formación del imaginario colectivo quebequés.

La segunda faceta de esta literatura, la “canadiense”, se constituyó a principios del siglo XIX a partir de un doble rechazo: a la Francia revolucionaria, anticatólica o simplemente contemporánea, y a la Inglaterra protestante, políticamente victoriosa. A partir de su afirmación criolla (desde tiempos de la Nueva Francia), el principal problema que la expresión quebequesa ha querido superar es el de la originalidad. Así, en 1904 el clérigo Camille Roy concibió a la literatura francesa como el enemigo número uno, pues amenazaba con borrar, bajo el torrente siempre renovado de sus desbordamientos, el sello de originalidad que debía marcar a la literatura quebequesa. Por ello, en lugar de imitar a los parisinos como ciertos escritores belgas, había que seguir en todo caso el ejemplo de la Alemania del siglo XVIII, cuando se propuso crear una literatura nacional. Había que fundar una estética propia en el conjunto de las cualidades, de las virtudes y de las aspiraciones que distinguían a la "raza" quebequesa.

De este modo, la expresión "francés"” o "francés de América" supone relaciones distanciadas con la madre patria hasta conformar hoy en día el país de los primos y de los amigos. Los vínculos estarán por lo demás constantemente distendidos, pero legalmente articulados con el poder “extranjero”, constitucional, de los ingleses. La situación no cambiará mucho aun cuando hayan acuñado el concepto de la “condición canadiense”, promovida primero por los antiguos franceses de América. Después de las denominaciones “francesa” y “canadiense” vino, en el orden cronológico de la historia, la de “quebequesa”, que apareció junto con los años sesenta y se asoció con los valores de la laicidad y de la modernidad explorados desde principios del siglo XX, aunque todavía rechazados por el conservadurismo dominante en la época.

El periodo en el que Hubert Aquin escribió sus novelas corresponde a los años de la llamada Revolución Tranquila que, iniciada durante los años cincuenta, estalló con la muerte del primer ministro quebequés Maurice Duplessis en 1959. Esta revolución vino acompañada de profundos cambios en todos los sectores –económico, político, religioso, educativo–, que además se vivían simultáneamente en todo el mundo debido a los trastornos engendrados por la Segunda Guerra Mundial.

En este contexto de profundas reformas sociales y culturales surgieron diversos grupos independentistas (con los cuales Aquin tenía vínculos), particularmente los de las revistas Liberté y Parti pris, y los de los movimientos políticos del Rassemblement pour l’indépendance nationale (RIN) y del Frente de Liberación de Quebec (FLQ). Una de las influencias más importantes sobre la concepción de la revolución que preconizaban estos grupos provenía de los movimientos de liberación de los países colonizados, especialmente el de Argelia en 1962.

Las novelas quebequesas publicadas entre 1960 y 1970 tienen en común que expresan, bajo nuevas formas, un malestar en el que se distinguen tres componentes principales: insatisfacción, incertidumbre y violencia. Señala Roland Bourneuf que “el autoanálisis y el autorretrato parecen haberse convertido en la sustancia misma de la novela quebequesa de esos últimos años”.

Y es que según Bourneuf, la palabra écoeuré (que podría significar asqueado, aunque quizá también hastiado) parecía haberse convertido en un término clave dentro del vocabulario de los personajes de la novela quebequesa. Asco y hastío de la pobreza económica, de la soledad, de la indigencia moral y de la humillación del colonizado de la que estos personajes responsabilizan a los canadienses ingleses, a ellos mismos, a la Iglesia, a la fatalidad, al colonialismo, a Dios. Así, el écoeuré se relata, se habla a sí mismo, y en esta empresa siente todo el impedimento de su pobreza cultural, de la miseria de su lenguaje.

Son muchas las novelas de esa época escritas en primera persona, a manera de diarios íntimos, memorias libres o autobiografías más o menos disfrazadas, en las que uno puede encontrar un esquema constante: el narrador evoca su infancia, hace la crónica de la familia numerosa de la que proviene, describe la personalidad del padre, de la madre, de los hijos, su dispersión, sus fortunas diversas, los sueños logrados o frustrados, hasta un viaje al extranjero que le permite sin embargo empezar de cero.

Así, el personaje principal de Le Libraire de Gérard Veste escribe su diario para “matar el tiempo” y el narrador de Salut Galarneau de Jacques Godbout vende hot dogs y trata de escribir un libro que es también su diario, trata de vivir y escribir al mismo tiempo: “vescrivir” (vécrire). Como veremos en las próximas entradas, el narrador de Prochain épisode, condenado a un tratamiento psiquiátrico, también escribirá una novela para compensar la inmovilidad y su impotencia.

No te pierdas la próxima entrega: Hubert Aquin, el agente doble

Referencias

Allard, Jacques (1991). “Elle est française, canadienne et québécoise: problématique d'une littérature nouvelle”, en Surfaces, Revue électronique publiée par Les Presses de l'Université de Montréal, Vol. I

Bourneuf, Roland (1970). “Formes littéraires et réalités sociales dans le roman québécois”, en Livres et auteurs québécois, Montreal : Jumonville

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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Efebofilia

Efebofilia (del griego έφηβος, efebos: adolescente y φιλία, filía: amor) es la atracción erótica y sexual por adolescentes. Si bien en la Grecia antigua el término efebos se usaba sobre todo para referirse a los varones atenienses de entre 18 y 20 años en la efebeia (una institución encargada de realizar custodia), la efebofilia suele usarse para definir la atracción por menores púberes y pospúberes, usualmente en el rango de edad desde los 13 a los 17 años.

Este neologismo viene a colación como cortesía del Vaticano, cuyo representante en la ONU acaba de aclarar que los curas no son pedófilos, sino "efebófilos" (ver la nota aquí). ¡Hombre! ¡Muchas gracias por la aclaración!

Dejando el sarcasmo de lado, me parece el colmo del cinismo y no entiendo a qué viene esa aclaración. Obviamente existe una diferencia entre la pedofilia (o pederastia) y la efebofilia, pero desde mi punto de vista para efectos éticos y legales es irrelevante. Aunque en la mayoría de los países la edad de consentimiento sexual oscila entre los 13 y 15 años, si el sexo se obtiene mediante engaño, amenazas, acoso en relaciones de dependencia o de poder, etc. el acto es considerado una violación. De este modo, la efebofilia es igual de condenable que la pedofilia. Digo, ¿a Roman Polanski si le pueden hacer la vida de cuadritos treinta años después y a los curas efebófilos no?

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Serendipia

All things are ready, if our minds be so
Shakespeare (Henry V, Act 4, Scene 3)


Por un artículo publicado la semana pasada en El País acabo de descubrir esta palabra. Según la Wikipedia, la serendipia es “un descubrimiento científico afortunado e inesperado que se realiza accidentalmente”. El diccionario Merriam Webster define el término como “la facultad o el fenómeno de descubrir cosas valiosas o agradables sin proponérselo”.


En la historia de la ciencia, hay un sinfín de ejemplos de serendipia. Alfred Nobel inventó la dinamita gracias a que mezcló accidentalmente nitrocelulosa con nitroglicerina; Louis Pasteur obtuvo cristales de una forma única debido a que la temperatura en el alféizar de la ventana estaba por debajo de los 26°C; Henri Becquerel dio con el uranio mientras trataba de investigar el fenómeno de la fluorescencia usando placas fotográficas; y James W. Christy descubrió el satélite más grande de Plutón, Caronte, gracias a una imagen defectuosa de Plutón. En la farmacología hay muchos casos también. Por ejemplo, una espora que cayó accidentalmente en una placa de cultivo y que mató a una bacteria llevó a Alexander Fleming a descubrir la penicilina y a abrir camino para la era de los antibióticos.

La mayoría de los descubrimientos arqueológicos se han hecho por accidente: los Rollos del Mar Muerto fueron descubiertos por dos pastores beduinos en una cueva de Qumrán (dicen las malas lenguas que inclusive los pastores quemaron algunos manuscritos en una hoguera que hicieron para calentarse). En 1799, el capitán francés Pierre-François Bouchard descubrió la piedra de Rosetta cuando las tropas de Napoleón estaban en Egipto. Y, sin irnos tan lejos, los restos del Templo Mayor fueron descubiertos en 1978 por unos trabajadores de la Compañía de Luz mientras excavaban para hacer una instalación subterránea de cables.

En el ámbito de la exploración también predominan los casos de serendipia, siendo quizás el más emblemático el descubrimiento de América. Y también existe serendipia en el mundo de las ideas y los conceptos. Así, por ejemplo, a Isaac Newton se le ocurrió la teoría de la gravedad cuando vio caer una manzana de un árbol y Arquímedes también tuvo una “revelación” mientras tomaba un baño en tina, lo que lo llevó a descubrir su famoso principio y salir a las calles de Siracusa desnudo gritando ¡Eureka!

En realidad, se podría decir que la serendipia es casi casi el motor de la ciencia. Pero a todo esto, ¿de dónde viene la palabra?

Serendipia es un calco del vocablo inglés serendipity. El término es un neologismo acuñado por el escritor británico Horace Walpole en 1754 a partir de un cuento de hadas persa titulado “Los tres príncipes de Serendip”, cuyos héroes se la pasaban haciendo descubrimientos, por accidente o sagacidad, de cosas que no buscaban”. El nombre proviene de Serendip, un antiguo nombre para Ceilán (hoy Sri Lanka), del árabe Sarandib y del sánscrito Simhaladvipa. Si bien la palabra se originó en el siglo xviii, su uso no se expandió hasta el siglo xx. Actualmente, aparece en todos los diccionarios ingleses y en 1950 se formó el adjetivo serendipitous (¿serendipitoso?).

Hace diez años el escritor escocés William Boyd, en su novela, Armadillo, acuñó el término zemblanity (¿zemblania o zemblanidad?) como antónimo de serendipia. Es decir, se trata de la "facultad de hacer descubrimientos infortunados y desagradables". La palabra viene de Novaya Zemlya (Nueva Zembla), un archipiélago en el ártico, en el que Rusia llevó a cabo numerosas pruebas nucleares. Zemblanity sería, pues, el descubrimiento inevitable de lo que no se quiere saber. Sin embargo, el uso de este vocablo aún no se ha expandido y no aparece en los diccionarios ingleses.

Si bien serendipia no aparece en el DRAE, ni en ningún otro diccionario español (al menos no en los que tengo en casa), el término es de uso muy frecuente en nuestra lengua. La Wikipedia menciona el término español chiripa como sinónimo de serendipia. Según el María Moliner, chiripa es “un acierto casual o una casualidad favorable, rara”. Pero como el mismo artículo de la Wikipedia señala, “chiripa” es más de uso coloquial y además, según el diccionario, esta palabra se usa más en un contexto de juego.

Por cierto, este rollo de la serendipia me recordó a una entrada que escribí hace casi un año sobre el sistema de estantería abierta en las bibliotecas. En ese entonces no conocía la palabra, pero de haberla conocido habría dicho que la estantería abierta promueve la serendipia. También el Internet es una fuente ilimitada de serendipia. ¡Cuántos descubrimientos afortunados he hecho por hacer clic en un vínculo que se me presenta fortuitamente!

jueves, 17 de septiembre de 2009

El español no viene del latín

El título de esta entrada hace alusión al título igual de provocador de un libro francés que se publicó hace dos años: Le Français ne vient pas du latin ! de Yves Cortez. Su autor, un apasionado por el estudio de las lenguas y la lingüística, nos ofrece en esta obra un ensayo sobre lo que él llama una “aberración lingüística”.

Según Cortez, contrariamente a la idea generalmente admitida, las lenguas romances no vienen del latín. ¿Y entonces de dónde vienen? He aquí la originalidad de su tesis: de un italiano que él llama “antiguo”. La tesis del autor es que el latín fue la lengua única de los romanos hasta el siglo III a.C. Después el latín se vería sumergido por el italiano, pero seguiría siendo la lengua del poder y de la literatura. De este modo, a partir del siglo II a.C., los romanos eran bilingües: utilizaban el italiano como lengua hablada y el latín como lengua escrita. Los romanos llevarían esas dos lenguas a todas las regiones que conquistaron.

Pero no vayan a creer que el autor se saca todo esto de la manga. Nos ofrece una serie de argumentos que, si bien no tengo las bases para decir si son o no pruebas irrefutables como él las llama, al menos están bien documentados y se presentan de forma rigurosa. A continuación, resumiré algunos de los argumentos más importantes:

1. El latín es una lengua muerta desde el siglo I d.C. Cortez ofrece diversos datos históricos que sugieren que a partir de ese siglo, más o menos, el latín dejó de ser una lengua viva y se utilizaba solamente como lengua escrita en los ámbitos literarios y políticos. (Uno de esos datos, por ejemplo, es una cita de Suetonio que indica que el teatro en tiempos de Julio César se presentaba en tres idiomas -latín, griego y osco- lo cual lleva a deducir que el latín y el griego sólo eran comprendidos por la elite romana educada).

2. El vocabulario de base de las lenguas romances no es latín. Sin embargo, los numerosos e importantes préstamos del latín a las lenguas romances pueden ocultar esta realidad. En términos generales, los préstamos lingüísticos tienen dos rasgos. Por un lado, pertenecen a ámbitos particulares propios de un estado avanzado de desarrollo, como el derecho, la filosofía, la teología, etc. Por otro lado, suelen tener pocas transformaciones fonéticas, de modo que casi son idénticos a las palabras de la lengua de la que se originan. No hay que olvidar que el latín y las lenguas romances estuvieron en contacto durante más de veinte siglos y que el vocabulario de la primera lengua se incorporó al de las últimas durante tres grandes períodos: del siglo III a.C. al siglo I d.C., los pueblos latino e italiano coexisten y el aporte es directo; del siglo II al siglo XVI, el latín si bien es lengua muerta permanece como la única lengua escrita de Europa occidental y los filósofos, teólogos, juristas y demás recurren continuamente al latín; en la época moderna la necesidad de palabras nuevas en los ámbitos científico y técnico abre una nueva era para los préstamos de las lenguas antiguas.

Sin embargo, Cortez observa que, poniendo de lado todas esas palabras cultas, el vocabulario de la vida común y corriente de las lenguas romances, constituido por miles y miles de palabras, no tiene prácticamente nada que ver con el del latín. Y no se limita a solamente decirlo sino que lo demuestra con varias tablas comparativas de vocabulario en las que el lector puede constatar qué tan próximas son las lenguas romances entre sí y qué tan distantes son del latín.

3. La gramática de las lenguas romances no “heredó” nada del latín. Según Cortez, si hubiera una filiación directa entre el latín y las lenguas romances al menos habría “coincidencias” entre los sistemas gramaticales. Sin embargo, no sólo no hay coincidencias sino que la realidad es que estamos ante dos sistemas completamente diferentes. He aquí unas cuantas de las diferencias:

a) El latín es una lengua en la que las declinaciones son numerosas y complejas, mientras que ninguna de las lenguas romances presenta declinaciones. Cortez critica el típico argumento de quienes sostienen la tesis de la filiación, según el cual el vulgo habría simplificado la gramática del latín eliminando las declinaciones. (Personalmente también critico ese tipo de argumentos elitistas que consideran que la complejidad de una lengua no es para la gente ordinaria).

b) El plural del latín se forma esencialmente en el caso nominativo con las siguientes desinencias: ae, i, a, es, ia, us, ua, según el tipo de declinación. En las lenguas romances, en cambio, los sustantivos no se declinan.

c) En latín no hay artículo definido ni indefinido, mientras que todas las lenguas romances tienen los dos tipos de artículo, que prácticamente son los mismos.

d) El latín, como el alemán, el griego y el ruso, tiene tres géneros: masculino, femenino y neutro. Las lenguas romances tienen dos: masculino y femenino. Según Cortez, parece extraño que el neutro no haya dejado rastro alguno en ninguna de las lenguas romances.

e) El tratamiento de Usted no existe en latín, pero tiene la misma forma en todas las lenguas romances (salvo en el italiano que utiliza como el alemán la tercera persona del singular). Con respecto a esta diferencia, Cortez señala no sin sarcasmo que para ser pueblos supuestamente rústicos se observa en las lenguas romances una sutileza que los latinos no tenían.

f) El latín forma sus adverbios con las desinencias “ter” o “e”. No es posible encontrar ningún rastro en las lenguas romances que recurren a la desinencia -ment (francés) o –mente (español e italiano).

g) Las conjugaciones del latín son completamente diferentes a las de las lenguas romances.

h) La sintaxis, en lo que concierne al orden de palabras, es radicalmente opuesta entre el latín y las lenguas romances .

4. Las lenguas evolucionan lentamente. En teoría, la transformación del latín en lenguas romances se hizo en un lapso de seis siglos aproximadamente. Sin embargo, para Cortez, ese lapso de tiempo es demasiado corto para que el latín se hubiera transformado tan radicalmente. Dicha evolución sería un caso excepcional en la historia de las lenguas que demuestra una tendencia a la estabilidad. Para reforzar su argumento, el autor toma textos del francés, inglés, italiano y árabe antiguos y los compara con sus traducciones a la versión moderna de esas lenguas, demostrando lo poco que se han transformado a lo largo de los siglos. También presenta un extracto del Juramento de Estrasburgo (842 d.C.), considerado por los lingüistas como el eslabón perdido entre el latín y el francés, el cual resulta bastante inteligible para un lector francófono moderno (cuando, hay que admitirlo, para quienes no estudiamos el latín cualquier texto en esa lengua muerta es bastante críptico).

5. La etimología del francés es fantasista. En este tema, Cortez va un poco lejos cuando dice que toda la etimología oficial del francés está basada en arbitrariedades, fantasías y una falsa erudición. Pero lo cierto es que si se probara como un hecho que las lenguas romances no vienen del latín, esa tesis implicaría que todas las etimologías que nos han enseñado son falsas. ¡Habría que volver a escribir los diccionarios!

En resumen, para Cortez el llamado “latín vulgar” o “bajo latín” (del cual, según la versión oficial, derivan todas las lenguas romances) es una ficción pura y simple, y las lenguas romances provienen de ese italiano arcaico, que a mi juicio quizá sería mejor llamar proto-italiano. Esa protolengua no sería descendiente del latín, sino “prima” o “hermana”, es decir que ambas descenderían de una lengua anterior.

Como dije al principio de esta entrada, no tengo las bases para decir si esta tesis es o no cierta. No sé latín y tampoco soy experta en lingüística histórica ni en ninguna otra disciplina afín. Sin embargo, me parece una teoría interesante y bien argumentada que podría abrir nuevas posibilidades de investigación. No soy una persona de dogmas y creo que todas las opiniones, siempre y cuando estén fundamentadas, son válidas.

No obstante, debo decir que hubo un detalle que me molestó un poco del libro: el tono excesivamente sarcástico que Cortez usa para contraponer su tesis con las explicaciones tradicionales de los lingüistas y académicos reconocidos. Si bien me hizo reír mucho durante la lectura del libro, me parece que esa actitud le quita un poco de seriedad y credibilidad al trabajo. No es que el humor sea incompatible con el rigor científico, pero para demostrar una teoría no es necesario burlarse de los defensores de otras posturas, ni mucho menos ridiculizarlos. Esto, aunado al hecho de que el autor se presenta a sí mismo como el Copérnico de la lingüística, puede ser una de las causas por las que este trabajo no se ha tomado muy en serio en los círculos académicos.

Otra causa me parece que es la dificultad que siempre ha existido para romper con los dogmas. Hice una búsqueda en Internet para ver cuál había sido la recepción de este libro y, si bien me topé con algunos foros en los que se condena o se alaba la teoría, en los círculos académicos no se habló del tema en lo absoluto. He notado que en la ciencia hay una tendencia a simplemente ignorar las tesis que vienen a plantear nuevos paradigmas. Ni siquiera se toman la molestia de discutirlas, simplemente las matan con su silencio.

Cabe señalar que lo que plantea Cortez no es nuevo. Ya en el siglo XIX algunos filólogos y estudiosos como Eugène Hins, Jean Espagnolle, Adolphe Granier de Cassagnac y J. Lefebvre habían puesto en tela de juicio la tesis de que el francés proviene del latín. (Cortez, por cierto, no los menciona en su libro, lo cual me parece una falta de honestidad intelectual). Ayer leí un texto de Hins y otro de Espagnolle (que un internauta tuvo la gentileza de escanear y poner en la web) y básicamente lo que estos autores plantean es que el latín no es la lengua madre del francés y que esta última lengua es anterior. Sus argumentos, más bien históricos, hacen alusión a la conquista romana de las Galias, y a diferencia de Cortez no ofrecen un análisis lingüístico comparativo del latín con las lenguas romances. Pero lo que estos textos vienen a mostrar es que la duda de que el latín sea la progenitora del francés (y por ende de todas las lenguas romances) ya existe desde hace al menos 150 años. La academia tampoco respondió nunca a estos trabajos: simplemente los ignoró.

Mientras buscaba información sobre la recepción del libro en los círculos académicos di con el blog personal de Yves Cortez y me enteré, por una entrada publicada por su hija, de que el autor murió hace unos meses. Como no creo que tuviera muchos discípulos es probable que su pretendida revolución lingüística se quede inconclusa. Pero quién sabe: quizás alguien decida seguir investigando y finalmente se pueda llevar a debate académico este tema que parece haberse convertido en un dogma.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Acertijo lingüístico

He aquí una pista de audio en un idioma misterioso. ¿Alguien sabe o puede adivinar cuál es?