martes, 10 de agosto de 2010

El síndrome SAR

En mis navegaciones por la Web me topé con este curioso síndrome. No, no se trata del virus surgido en China que hace unos años amenazaba con matar a media humanidad, sino más bien de un “mal lingüístico” que aqueja a los hablantes de algunas lenguas.

El síndrome SAR (síndrome síndrome del acrónimo redundante) es el uso redundante de una o más palabras que forman un acrónimo o unas siglas con la abreviatura misma, de forma que se repiten una o más palabras. El término “síndrome SAR” es en sí mismo redundante y por lo tanto tiene algo de sarcasmo.

Este fenómeno ya lo había observado en mi tesis con respecto a la redundancia en la que caen muchos hablantes cuando dicen “virus VIH” (virus virus de inmunodeficiencia humana). Otro ejemplo en español es el que se ve en “impuesto IVA” (impuesto impuesto sobre el valor agregado) o en el mexicano y nefasto “impuesto IETU” (impuesto impuesto empresarial a tasa única).

En inglés hay muchos más ejemplos:

PIN number (personal identification number number)
ATM machine (automated teller machine machine)
LAN network (local area network network)
HTML language (hyper text markup language language)

En el artículo de Wikipedia dedicado al síndrome se dan algunas razones de su predominio, pero desde mi punto de vista son poco probables. Por ejemplo, se dice que una cantidad limitada de redundancia puede mejorar la efectividad de la comunicación (o al menos hace creer a los hablantes que la mejoran). Según esto, el hablante desea reforzar el significado de un acrónimo o de unas siglas, particularmente en contextos pedagógicos (ya sean formales o informales), de forma que la redundancia puede ayudar a proporcionar contexto y hacer que la comunicación sea más efectiva. Algo así como cuando deletreamos un nombre por teléfono y decimos una palabra para cada letra a fin de que nuestro interlocutor no se equivoque al escribirlo (ese de Samuel, te de Tomás, erre de Ramón, i de Inés, ka de kilo, a de Antonio).

Sin embargo, esta explicación me parece algo pretenciosa porque asume que la capacidad de análisis metalingüístico del hablante promedio es alta. Esto me recuerda a una discusión que tuve hace unos meses en Facebook, de la cual hablaré en otra entrada, sobre el mal uso del gerundio (mi amigo decía que la gente usa el gerundio con función adjetival –lo cual es un craso error gramatical- para crear un efecto de inmediatez en las redes sociales). La realidad es que los hablantes promedio no tienen ese tipo de conciencia metalingüística sobre el uso de la lengua y es poco probable que se pongan a reflexionar sobre los efectos que crearán en el discurso. La mayoría de las veces, las razones sobre el uso de algún recurso lingüístico tienen que ver más bien con la falta de reflexión de los hablantes.

En el caso del síndrome SAR me parece mucho más probable que los hablantes repiten una de las palabras del acrónimo por desconocimiento de lo que significa cada una de las siglas. Generalmente, el fenómeno se da con términos científicos o términos cuyos orígenes suelen ser oscuros para los legos en la materia. En otros casos, donde tal vez el hablante sí conoce el significado de cada una de las palabras que componen el acrónimo, como quizá sucede en “impuesto IVA”, la razón de usar la redundancia probablemente se deba simplemente a una falta de reflexión previa.

Además creo que la explicación del síndrome SAR se puede aducir a la falta de conocimiento porque en muchos casos se observa precisamente en acrónimos que provienen de una lengua extranjera, particularmente del inglés. En español es muy común decir “número PIN”, “disco CD” o “lenguaje HTML” porque seguramente los hablantes no saben que el acrónimo ya contiene la palabra. En inglés se suele poner en las invitaciones “please RSVP”, lo cual también es redundante puesto que RSVP (del francés Répondez s'il vous plaît) ya contiene “por favor”.

Estos términos se conocen en inglés como “frases RAP” (redundant acronym phrases phrases), que también es redundante. En este sitio web podrán ver algunas de las frases más comunes en inglés. ¿Conocen otros ejemplos en español? ¿O en otra lengua?

martes, 3 de agosto de 2010

Acertijo lingüístico

Después de dos meses de ausencia, estoy de nuevo por aquí y espero poder estarlo más seguido. Tengo algunas entradas en el tintero virtual, pero debo reestructurarlas. Mientras eso sucede, les dejo esto para reanudar la tradición de los acertijos mensuales:

Aquí tienen una pista de audio en una lengua incógnita. ¿Alguien sabe o puede adivinar cuál es?



viernes, 4 de junio de 2010

Los colores y las lenguas

La traducción entre dos lenguas suele subrayar las diferencias en vocabulario que hay entre ambas. El lexicón es el área del lenguaje donde esas diferencias se hacen evidentes, lo cual plantea la interrogante sobre la existencia de elementos universales en las lenguas. De hecho, una de las preguntas que se han planteado muchos lingüistas y semantistas es si hay lexemas que tienen correspondencias en todas las lenguas del mundo.

Al intentar responder estas preguntas, un área de discusión importante ha sido la diferencia en los nombres de los colores en las distintas lenguas. Si bien podríamos esperar que hay diferencias entre las palabras relacionadas con elementos del ambiente como animales y plantas, o con sistemas culturales como los términos de parentesco o de otros aspectos sociales como el gobierno y las diferentes formas de organización que tienen los pueblos, seguramente les sorprendería saber que el número de términos para los colores varía de una lengua a otra. Después de todo, los humanos compartimos la misma fisiología. En un estudio muy importante desarrollado a fines de los años sesenta, Berlin y Kay (antropólogo y lingüista, respectivamente) investigaron el hecho de que las lenguas varían en el número e intervalo de nombres que asignan a los colores básicos. Su argumento es que aun cuando haya diversas formas de describir los colores, incluida la comparación con los objetos, las lenguas tienen algunos lexemas que son básicos. Antes de seguir hablando sobe este trabajo, vale la pena aclarar lo que Berlin y Kay entienden por términos para colores básicos:

- El término es monolexémico, es decir, no se construye a partir del significado de sus partes. De este modo, un término como azul-verde no es básico.
- El término no es un hipónimo de otro término para color, es decir, el color no es un tipo de otro color. De este modo, el término rojo es básico, pero escarlata no lo es.
- El término tiene aplicabilidad amplia. Esto excluye términos como rubio.
- El término no es una extensión semántica de algo que manifieste dicho color. De este modo, turquesa, oro, vino y castaño no son básicos.

Estos colores básicos o categorías cromáticas son once: blanco, negro, rojo, verde, amarillo, azul, marrón, púrpura, rosa, naranja y gris. Berlin y Kay observaron que el número de elementos en este conjunto básico de términos parece variar entre dos como mínimo y once como máximo. En otras palabras, el número mínimo de nombres para colores básicos que una lengua lexicaliza es dos y el número máximo es once. Entre los ejemplos de diferentes sistemas de colores están los siguientes:

Dos términos: Dani (Trans-Nueva Guinea, Irian Jaya)
Tres términos: Tiv (Nigeria, Congo); pomo (Ocán; California)
Cuatro términos: Ibibio (Nigeria, Congo); hanunoo (Filipinas)
Cinco términos: Tzeltal (lengua maya, México); kung-ekoka (Sur de África)
Seis términos: Tamil (India); chino mandarín
Siete términos: Nez percé (Idaho), malayalam (India)
Diez/once términos: árabe libanés, inglés

A simple vista, estas variaciones parecen apoyar la hipótesis del relativismo lingüístico (aquella que alude a la relación entre lengua y pensamiento, y a la forma en que la lengua que hablamos nos hace pensar de una manera determinada). Sin embargo, el estudio de Berlin y Kay identificó varias similitudes subyacentes que demuestran la existencia de universales léxicos en los sistemas de términos de colores. De hecho, lo más interesante del trabajo es la evidencia de que existe una jerarquía para estas categorías de colores, es decir que, en una relación A < B, si una lengua tiene B, entonces debe tener A, pero no viceversa. De este modo, tenemos siete estadios evolutivos en los que aparecen las once categorías de colores básicos:

1. Si una lengua distingue solamente dos nombres, estos son para blanco y negro. En otras palabras, blanco y negro aparecen en el primer estadio de todas las lenguas.
2. Si una lengua tiene tres términos, entonces se añade el rojo.
3. Si son cuatro, aparece el verde o el amarillo, pero nunca surgen los dos al mismo tiempo.
4. De esos dos términos, en el estadio de cinco términos aparece el que no se había incorporado en el estadio anterior: es decir, aquí ya están presentes tanto verde como amarillo, además de rojo, negro y blanco.
5. El sexto término en aparecer es azul.
6. Si la lengua tiene siete términos, entonces se añade el marrón.
7. Por último, los cuatro términos restantes aparecen en este estadio prácticamente al mismo tiempo o si un orden perceptible: púrpura, rosa, naranja y gris. Este es un estadio de ocho, nueve, diez u once términos.

La teoría de Berlin y Kay sostiene que todas las lenguas han pasado por esta secuencia evolutiva. Es decir que las lenguas menos desarrolladas lexicalizan dos colores (blanco y negro), después tres (blanco, negro y rojo) y así hasta llegar a los once términos de los colores básicos. En este cuadro se aprecia mejor:

Número de términosTérminos de colores básicos
DosBLANCO, NEGRO
TresBLANCO, NEGRO, ROJO
CuatroBLANCO, NEGRO, ROJO, VERDE O AMARILLO
CincoBLANCO, NEGRO, ROJO, VERDE, AMARILLO
SeisBLANCO, NEGRO, ROJO, VERDE, AMARILLO, AZUL
SieteBLANCO, NEGRO, ROJO, VERDE, AMARILLO, AZUL, MARRÓN
Ocho, nueve, diez u onceBLANCO, NEGRO, ROJO, VERDE, AMARILLO, AZUL, MARRÓN, +/ PÚRPURA +/ROSA +/NARANJA +/GRIS


Esto no significa que los hablantes de dani (una de las lenguas que sólo tienen dos términos para colores básicos), por ejemplo, no puedan distinguir los demás colores básicos que los hablantes de inglés o de árabe libanés sí distinguen. Desde luego que los distinguen, pero necesitan referirse a éstos mediante circunlocuciones u otras estrategias lingüísticas (“el color del cielo”, “el color del barro”, etc.). Además, los estudios demuestran que dichos hablantes son capaces de aprender los nombres para aquellos colores cuya lengua no distingue. La conclusión que se desprende de todo esto es que la percepción del espectro de colores es la misma para todos los seres humanos, pero que las lenguas lexicalizan diferentes conjuntos del espectro. Lo interesante es que la selección no es arbitraria y las lenguas usan el mismo procedimiento de clasificación.

El trabajo de Berlin y Kay muestra que existen universales léxicos en la terminología de los colores, lo cual viene a constituir una fuerte crítica la hipótesis del relativismo lingüístico, según la cual el lenguaje determina la forma en que pensamos y vemos el mundo. (Si esta hipótesis fuera cierta, el hecho de que los hablantes de un pueblo sólo lexicalicen dos colores significaría que sólo pueden distinguir esos dos colores y no el resto del espectro. Como ya mencioné, se ha demostrado lo contrario). Además, esta teoría ha estado vigente ya por más de cuarenta años y se han hecho muchos estudios posteriores que la han ampliado y reforzado. Si les interesa, en este vínculo pueden ver un mapa interactivo con la distribución de los términos para colores en algunas lenguas del mundo, según los últimos estudios.

lunes, 17 de mayo de 2010

Acolitomanía

Acolitomanía es un neologismo que acabo de inventar. Proviene de los vocablos griegos ακολουθώ (acolito, seguir) y μανία (manía, obsesión), y significa "la obsesión por tener seguidores". Este trastorno es muy antiguo y lo padecieron muchos profetas y falsos profetas. Sin embargo, a raíz del surgimiento de las redes sociales, particularmente Twitter, se ha visto una gran propagación del padecimiento.

Como muchos de ustedes sabrán, Twitter, una de las redes sociales con más éxito en los últimos tiempos, gira en torno al principio de los "seguidores" (followers). A diferencia de otras redes como Facebook o Myspace, cuando alguien decide seguir a alguien en Twitter, la relación no es recíproca. Es decir, el hecho de seguir a alguien no lo hace automáticamente su amigo en Twitter. De este modo, se trata de una red asimétrica en la que el número de "seguidores" y "seguidos" nunca es el mismo.

Aunque abrí mi cuenta de Twitter hace poco más de un año, en realidad llevo sólo seis meses de "actividad tuitera" (lo pongo entre comillas porque tampoco tengo mucho tiempo para atender ese changarro). Pero el caso es que en estos seis meses he notado que muchos tuiteros padecen de una acolitomanía severa. El tema de muchos tuits es sobre los followers que ganaron o perdieron ese día. Mucha gente se desvive con tal de tener miles y miles de seguidores o que sus seguidores sean celebridades. La semana pasada hubo un incidente que lo demuestra: Twitter anunció la existencia de un bug que permitía forzar a un usuario a seguir a otro. Lo más chistoso del asunto es que mientras corregían el error, los contadores de seguidos y seguidores se restablecieron a cero y el pánico entre la comunidad tuitera fue descomunal. Por un par de horas, los tuiteros perdimos a todos nuestros seguidores y nos sentimos perdidos. (Cabe señalar que la pérdida --la de seguidores, aunque también la de rumbo-- fue virtual, ya que lo que los usuarios tuiteaban seguía apareciendo en el timeline de sus seguidores).

Al final el incidente no fue más que una anécdota divertida de la cual surgieron muchos tuits vaciladores cuando nos dimos cuenta de lo que pasaba. Pero no deja de llamarme la atención tanta obsesión por saberse seguidos y leídos. Hace algunos años, uno escribía y no sabía cuánta gente lo leía (o si alguien lo leía) ni quiénes eran sus lectores. Con las nuevas tecnologías uno puede controlar esa información. La mayoría de los blogueros tenemos contadores de visitas gracias a los cuales podemos saber no sólo cuántas personas nos leen al día, sino de dónde vienen y cómo llegan. Pero además del control, está --insisto-- ese afán por tener "seguidores". En los blogs también se puede ver el fenómeno con ese gadget de Blogger que muchos ponen y que permite ver el número de seguidores del blog en cuestión. En Facebook la gente colecciona amigos como si fueran trofeos; o hay usuarios que inclusive abren páginas de sí mismos para que los otros se vuelvan fans. Se maneja mucho ego y vanidad en todo esto. Ya una vez lo dije aquí: en esta cultura de narcisismo digital, todas estas herramientas y redes sociales funcionan como verdaderos escaparates del yo.

jueves, 29 de abril de 2010

Chomsky entrevistado por Ali G

Antes de que le salgan telarañas al blog, les dejo aquí un vídeo curioso que encontré. Se trata de una entrevista sobre el lenguaje que Ali G le hizo hace unos años a Noam Chomsky. Lo que me causó gracia es ver cómo Chomsky parece tomárselo muy en serio. (El vídeo está en inglés y no tiene subtítulos).



lunes, 22 de marzo de 2010

Clichés fáticos

Hace tiempo que quería escribir sobre esto pero, por una u otra razón, no lo había hecho. Como mañana les voy a hablar a mis alumnos sobre las funciones del lenguaje me acordé del tema. En los años sesenta, el lingüista ruso Roman Jakobson (uno de los representantes del Círculo de Praga) distinguió seis funciones del lenguaje: referencial (que sirve para transmitir información), emotiva (en la que el emisor expresa sus sentimientos), conativa (que pretende captar la atención del receptor), fática (que sirve para que establecer contacto), metalingüística (en la que la lengua se vuelve el centro del mensaje) y poética (en la que el mensaje se vuelve una obra de arte). No voy a profundizar en las seis funciones porque no es el tema principal de la entrada y quienes no las conocen siempre pueden indagar en Internet.

La función fática, que es la que me interesa rescatar para esta entrada, está centrada en el contacto o canal de la comunicación. Hay mensajes que sirven básicamente para entablar, prolongar o interrumpir la comunicación, para atraer la atención del interlocutor o para confirmar su atención. Los hablantes decimos “hola” o “adiós” para iniciar o interrumpir conversaciones; cuando queremos comprobar que el otro nos escucha, preguntamos “¿me estás escuchando?” o usamos interjecciones. La función fática se puede manifestar por medio de un intercambio abundante de fórmulas ritualizadas o de diálogos completos con el mero propósito de prolongar la comunicación. Jakobson muestra el siguiente ejemplo captado por la dramaturga Dorothy Parker:

—Bueno —dijo el joven.
—Bueno —dijo ella.
—¡Bueno!, ya estamos —dijo él.
—Ya estamos —dijo ella —¿verdad?
—Eso creo —dijo él —¡Hala, ya estamos!
—Bueno —dijo ella.
—Bueno —dijo él —bueno.


La información transmitida en este tipo de diálogos es mínima, por no decir inexistente. No es más que hojarasca. Sin embargo, el hecho de establecer diálogo es importante. Mediante este tipo de intercambios de frases, las personas se ponen en “contacto” lingüístico, abren el canal de comunicación y, si es necesario, pueden intercambiar información más sustancial. Ésa es precisamente la finalidad de la función fática: poner en contacto a los interlocutores, situarlos en el diálogo para que, en caso necesario, una vez abierto el canal, puedan ir al grano.

El término fático (que parece provenir del griego fatos, dicho) fue acuñado por el antropólogo polaco Bronislaw Malinowski a principios del siglo xx para referirse a la función social del lenguaje que nace de la necesidad humana básica de hacer un gesto de amistad (o, al menos, de no enemistad). Si alguien no dice estas frases cuando se espera que las diga y se queda en silencio, es seguramente para indicar distancia, indiferencia o incluso peligro. Un ejemplo típico de "conversación" fática son los intercambios rituales acerca del clima que se dan en un elevador.

Lo interesante es que los clichés –o las fórmulas ritualizadas- pueden variar según las situaciones e incluso según las costumbres de cada grupo social. En algunos casos, el diálogo ritual puede ser extenso y en otros breve. Incluso pueden variar los tópicos. Cuando viví en la Bretaña francesa observé que la conversación sobre el clima realmente es un ritual. No hay conversación que no inicie por un comentario sobre el tiempo, lo cual hasta cierto punto
es comprensible ya que el clima en Bretaña es deprimente la mayor parte del año. Pero incluso cuando hacía buen tiempo, recuerdo que la dueña de la tienda de comestibles me recibía con un “Il fait beau, hein”. Y la conversación sobre el buen o mal tiempo que hacía ese día podía prolongarse hasta que yo pagaba y me salía de la tienda.

Pero el clima no es un tema universal para rellenar una conversación como los bretones o los ingleses podrían pensar. En México sí llegamos a usarlo (nunca falta un “ay, qué calor está haciendo” o “qué frío”), pero el tema principal que usamos como función fática los mexicanos (bueno, más bien los chilangos) es nada más y nada menos que el tráfico. Un comentario sobre el tráfico es la fórmula ritualizada por excelencia para iniciar casi cualquier conversación en el D.F. Incluso, cuando uno está en un taxi, éste puede constituir el tema principal que se prolonga hasta el momento en que uno llega a su destino. De hecho, los taxistas son los expertos en la comunicación fática y con ellos podemos tocar algunos otros temas. Antes del 2000 uno hablaba de la bola de rateros y corruptos del PRI, en los ochenta también se hablaba un poco sobre la contaminación. Hoy además del tráfico, también se habla de la inseguridad y del narco.

En algún lugar leí que las mujeres en Burundi, cuando se despiden, a menudo dicen en forma rutinaria y cortés “tengo que irme a casa o mi marido me va a golpear”. En otras culturas es probable que se hable poco y que los intercambios se reduzcan a breves fórmulas de cortesía. Cada lugar tiene sus propias costumbres sociales y lingüísticas. Me encantaría que los lectores compartieran los clichés que se usan en sus países. ¿Qué tópicos sirven para establecer contacto con otras personas? ¿Cuáles son las fórmulas más comunes?