lunes, 25 de febrero de 2008

La normalidad

Cuando recién llegué a Lannion en el otoño del 2002, las primeras semanas viví en los dormitorios del liceo donde trabajaba. Hubiera podido quedarme a vivir ahí durante todo mi contrato, ya que no tenía que pagar renta, pero yo me había ido a Francia básicamente para saber cómo vivían los franceses, y para ello había que vivir como ellos. Además ya llevaba viviendo sola como cuatro años, por lo que me era un poco difícil la idea de tener “collocs”.

El caso es que durante las tres semanas que viví en el Liceo compartí el piso con las dos asistentes de inglés: Kate, una norteamericana que tenía mi edad (en ese entonces 27) y Laura, una inglesa de cuando mucho 20 años. Kate era simpática e inteligente, pero un poco seria y apagada. Laura (pronúnciese Lora) era demasiado retraída y cuando no estábamos trabajando estaba encerrada en su habitación. No iba a comer nunca a la “cantine" porque decía que le daban miedo los estudiantes. Sospecho que pasar un año como lectora en Francia formaba parte obligatoria de sus estudios; de lo contrario, no entiendo su masoquismo. Kate y Laura tenían la peculiaridad de que entre ellas hablaban en francés, dizque para practicar. A mí francamente me parecía absurdo, pues en vista de que no eran muy sociables, no tenían mucho “input” que digamos y nomás se andaban pasando sus errores la una a la otra. La iniciativa era buena, pero el resultado catastrófico.

Laura llegó a Lannion en coche con su papá, quien la había acompañado desde Manchester (atravesando en ferry de Plymouth a Roscoff) para ayudarla a instalarse. En ese coche, cuyo piloto manejaba del otro lado, pasaron a Francia toda clase de menesteres: desde ropa y cobijas, hasta comida, artículos de limpieza y aparatos electrodomésticos. A los pocos días de su llegada, tres cuartas partes de la despensa de nuestra cocina hechiza ya estaba invadida de productos orgullosamente ingleses: té, cajas de cereal, pan, galletas, patatas en conserva y otras verduras enlatadas, botellas de coca-cola light, jugos, detergente para la vajilla y un sinnúmero de productos como para que duraran al menos hasta la Navidad, fecha en la que seguramente Laura iría por más provisiones a su país. Era un poco exagerado. Y si consideramos que el Reino Unido es más caro que Francia, era poco comprensible.

Un día, cuando el papá todavía no se iba, Laura nos dijo a Kate y a mí que iban ir al súper y después a una playa para pasear, y que si queríamos podíamos acompañarlos. Así nos fuimos los cuatro en ese coche que se manejaba al revés. Cuando llegamos al Géant (Sí, como el Gigante de México, pero más grande, tipo la Mega Comercial) pasamos un buen rato buscando unos adaptadores para las clavijas de los aparatos electrodomésticos de Laura, pues resulta que los enchufes que se usan en la isla son diferentes a los del continente. No recuerdo si los encontraron o no. Pero supongo que sí, porque recuerdo el olor a pan tostado que llegaba todas las mañanas cuando Laura se hacía de desayunar. También recuerdo que ese día, de camino a la playa, les dije en broma que Laura se debería pasar a la parte trasera con Kate y conmigo, para que la gente pensara que el coche se estaba manejando solo. Me parecía muy cómico estar en un auto cuyo piloto manejaba del lado izquierdo (o derecho, depende desde donde lo veas) en un país donde se maneja del otro lado (en ese entonces yo no sabía aún que una gran cantidad de ingleses vacacionan en Bretaña y que los bretones están más que acostumbrados a sus coches). Pero creo que ni a Laura ni a su papá les pareció igual de cómico.

Una tarde estábamos las tres platicando en la cocina cuando Kate nos preguntó si queríamos té. Entonces Laura, muy quitada de la pena, dijo: “Buena idea. Pero yo quiero té normal”. Me quedé esperando para ver qué diablos era el té normal que no pensaba convidarnos. Cuando regresó de la despensa traía en la mano una bolsa de té redonda y enorme que ni siquiera tenía cuerdita para sumergirla y sacarla de la taza. Simplemente la echó a la taza (y eso sí, era de excelente calidad, pues inmediatamente el agua se empezó a colorear), pero para sacarla tuvo que usar la cuchara. Me le quedé viendo fijamente y le pregunté: “¿Eso es té normal?” Y cuando me respondió que sí, le dije, medio en broma, medio en serio, que la normalidad era muuuy subjetiva. ¡No me podía quedar callada! Primero, el coche que se manejaba al revés, luego las patatas enlatadas, más tarde las clavijas de los aparatos, ¿y ahora me salía con que esas bolsas de té redondas y sin hilito eran “té normal”? ¡Ya era demasiado! Lo peor del caso es que no lo tomó con filosofía y creo que se ofendió. A los pocos días yo encontré un estudio y dejé los dormitorios, y como ella se la vivía encerrada, prácticamente no la volví a ver.
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Epílogo

Si quieren saber cómo era el "té normal", denle clic al siguiente video:



Debo confesar que ahora que me he vuelto bebedora de té, me gusta el de esa marca. Mi suegra toma mucho té y una vez que vino a México trajo un paquete de Francia y lo dejó en mi casa. El anuncio del video es antiguo porque aunque las bolsas siguen siendo redondas, ya tienen no uno, sino DOS hilitos. Y lo mejor: los hilitos tienen un sofisticado sistema de extracción en el que al jalarlos exprimes la bolsa extrayendo hasta la última gota de té sin chorrear todo cuando la sacas de la taza. No sé si sea té normal o no, pero soy fan.

2 comentarios:

A dijo...

Me gusta mucho el te, principalmente el negro, compro los que hay en el supoer, los ibleses, supongo que sabes a cuales me refieron, aunque lo que yo anhelo tener es un destilador...hmmm!

Besos aromaticos
A.

strika dijo...

¿A qué te refieres por el destilador? Yo tengo infusores (ciertamente es más ecológico que las bolsitas), pero todavía no encuentro un lugar donde comprar buen té a granel... Pero no sé si te refieres a eso con el destilador o a algo mucho más sofisticado que no conozco!

Besos ignorantes